COMUNICACIÓN Y TRANSFORMACIONES SOCIOCULTURALES EN EL SIGLO XXI - BACHILLER EN COMUNICACIÓN
Prof. Lic. Natalia Corvalan
Material de lectura:
LA DECADENCIA DEL PARADIGMA DEL SIGLO XX
Cuando se analiza el cambio de un paradigma a otro uno de los puntos cruciales a considerar es el por qué de la decadencia del paradigma que muere y a partir de qué acontecimiento se genera el cambio y las transformaciones.
Buscar las razones que conducen al debilitamiento de un paradigma y a su definitiva desaparición y reemplazo por otro nuevo que de explicaciones adecuadas del funcionamiento de la nueva realidad es quizás la tarea más difícil y controversial.
De todos modos, los analistas coinciden en algunos puntos básicos que llevaron al viejo paradigma del capitalismo industrial avanzado, del mundo bipolar y la cultura de la modernidad a su desgaste y desaparición.
Entre ellos encontramos:
La crisis de la cultura de la modernidad.
La crisis económica que produjo la decadencia del industrialismo en lo que era conocido como modelo industrial avanzado.
La decadencia del Estado de Bienestar, lo cual significa el progresivo sometimiento del Poder Político a manos del Poder Económico.
La revolución de la tecnología de las comunicaciones, como avanzada de un profundo cambio tecnológico que sacude las estructuras productivas del modelo y el modo de vida mismo de las personas.
La caída del bloque socialista y la inmediata desaparición de la Unión Soviética, aniquilando la arquitectura de poder bipolar en el mundo.
CRISIS DE LA CULTURA MODERNA
Para el presente curso optaremos por una de las perspectivas más amplias del término “cultura”, una palabra con múltiples abordajes “Cultura” en sentido amplio es la manera de ver y sentir el mundo de parte de una sociedad, de sentirnos en el mundo y por ende de obrar sobre él, en síntesis, entendemos “cultura” como la forma de vida que asume una sociedad, dándole sentido a los modelos económicos, las estructuras sociales y los sistemas políticos que construye ese conjunto social.
El marco cultural del viejo paradigma tomó el nombre de Modernidad, que si bien no tiene su origen en el siglo XX es la lógica cultural que sostiene al sistema capitalista dominante en occidente desde el siglo XIX.
El pensamiento moderno hace su aparición durante el Renacimiento europeo (siglo XV), cuando el Hombre vuelve a pensarse como centro del mundo y se aleja de los preceptos religiosos que comandaban las formas de vida medievales.
La Modernidad que nace con pensadores como Maquiavello y artistas como Miguel Angel, afirma la voluntad humana por sobre todas las cosas, rechaza la fuerza del destino quebrando el espinazo del pensamiento mítico, mágico y religioso que había prevalecido desde los inicios de la historia humana.
A partir del siglo XV comenzará a tomar forma un pensamiento afincado en la razón humana que alcanzará su afirmación en los pensadores iluministas del siglo XVII-XVIII, como Hobbes, Hume, Locke o Rousseau, que proponían iluminar con la razón la realidad humana y comenzar a reflexionar sobre las diversas formas de organización social que se da el hombre en base a su libre voluntad, construyendo el primer modelo de pensamiento político moderno: el liberalismo.
La clase en ascenso por aquel entonces, siglo XVIII, era la burguesía que luchaba por perforar los privilegios de los alicaídos nobles aún en el poder, impulsando un nuevo modelo económico apuntalado en la Primera Revolución Industrial: el incipiente capitalismo industrial. De tal modo el pensamiento moderno liberal se enlaza íntimamente con el modelo económico capitalista a través del eslabón de la burguesía, pero no va a ser el liberalismo la única corriente ideológica moderna sino que con la aparición de la clase obrera surgirá otro modelo ideológico basado en la razón que es el socialismo.
De este modo la modernidad alumbrará dos teorías básicas que aspiraban a ordenar la realidad humana desde la razón. Una el liberalismo, otra el socialismo marxista, la primera tuvo su nacimiento oficial con la Revolución Francesa de 1793, la segunda con la publicación del Manifiesto Comunista en 1848.
Ambas teorías, ambas ideologías, son hijas de una misma madre: La Razón, y ambas doctrinas son hijas de un mismo padre: el Iluminismo, sustentados en un mismo objetivo: el Progreso.
Básicamente la disputa entre liberalismo y marxismo es la disputa entre dos verdades, y ya se sabe que la razón (como la fe) sólo admite una verdad.
El pensamiento racional es el que da origen al pensamiento científico y el objeto de la ciencia es llegar a LA verdad, la modernidad es un tiempo que aspira a alcanzar la verdad, por eso sus doctrinas políticas, liberalismo o marxismo, se suponían ambas poseedoras de la verdad. La modernidad no es una cultura que acepte pensamientos tibios o débiles, es tiempo de doctrinas sólidas y definitivas.
Era una verdad que el Hombre se realizaba por su trabajo, una verdad asumida tanto por el liberalismo como por el marxismo, y el trabajo era un verdadero credo en la cultura moderna. Y el sistema económico del viejo paradigma así lo reflejaba mediante su organización laboral vertical, jerarquizada y disciplinaria.
Porque esta sociedad moderna era una sociedad disciplinaria, ordenada en base a una estructura normativa sólida, donde las normas expresaban ese Pacto Social que aseguraba la convivencia, establecía las funciones y roles de cada ciudadano. Una sociedad con guías claras y mapas consistentes para vivir en ella.
No había lugar en la modernidad para las aventuras personales que rompieran el molde establecido, no había lugar para los rebeldes o los locos. La vida diaria también respondía a este molde disciplinario donde cada quien sabía qué era lo que tenía que hacer dentro de la institución de la que formaba parte. Una normatividad social por todos aceptada que dejaba en claro la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, una normatividad social que privilegia el interés colectivo por encima de los intereses individuales, en la búsqueda de la totalidad.
No estamos hablando aquí necesariamente de autoritarismo sino de disciplina social, una organización normativa que reparte premios y castigos, está claramente estratificada, es vertical y privilegia la idea de unidad, porque otra de las características que asume la modernidad es su pretensión Universal, se trata de una forma de vida dominada por una Moral Universal que se presenta como un paraguas que a todos cubre.
En ese marco racional se hace fuerte la dualidad cuerpo/espíritu proveniente del viejo molde platónico, retomado por el cristianismo y consustanciado en la cultura occidental que la modernidad hace propia y afinca en el imperativo del Deber. Una realidad binaria, dialéctica, en la que no hay lugar para terceras opciones: verdadero/falso, masculino/femenino, crecimiento/decadencia, patrón/trabajador, mayoría/minoría, izquierda/derecha, salud/enfermedad, natural/artificial, público/privado, etc.
La modernidad no aspira a la diferencia, ni a valorizar lo que hay de diverso en cada uno, sino a reafirmar el destino común para todos, un destino de progreso, el camino de la utopía, la visión en el futuro, porque además de la Razón, el otro puntal de la modernidad era el Progreso, entendido como la dinámica ineludible que impulsa la Historia Humana, cuya comprensión era de carácter teleológico, no como un regalo de Dios sino como consecuencia de la voluntad humana.
Por eso el Hombre de la modernidad proyecta, piensa en su futuro, realiza sus actos con ese objetivo, demora, posterga, resigna el presente en pos del mejor mañana que le espera. El hombre de la modernidad pospone, no se entrega a la satisfacción inmediata.
Y en esa búsqueda de Futuro, el hombre de la modernidad también rescata el Pasado como escalón esencial de la escalera del Progreso, porque para subir hacia el mañana es necesario asentarse firmemente en el escalón previó del ayer. En ese tránsito el tiempo Presente es simplemente un momento de paso, irrelevante.
Pero si bien la modernidad concretada socialmente en la disciplina normativa no valora el comportamiento rebelde, tiene un costado contradictorio en el hecho de que para alcanzar esa regulación normativa se requiere un comportamiento innovador y transgresor que luego el mismo sistema se ocupa de apagar. Por eso la modernidad no es una época de tranquilidad, sino un tiempo de efervescencia, de lucha, de revolución, de conflicto.
Cuando la modernidad apunta al progreso para asegurar el mejor destino de la humanidad, a lo que apunta es al cambio y la transformación. Y el ícono fundamental de la cultura moderna es el cambio revolucionario: revolución capitalista, revolución burguesa, revolución obrera. El economista liberal Joseph Schumpeter acuñó el término “destrucción creativa” para explicar de qué manera el capitalismo avanzaba, progresaba, destruyendo en su camino parte de lo que había construido previamente, el mismo estado que Carlos Marx describía con la frase “todo lo que es sólido, se desvanece en el aire”.
De este modo la idea del cambio forma parte esencial de la modernidad, pero la contraparte de esto es que una vez que ese cambio se concreta toda esa fuerza revolucionaria se vuelve conservadora. La guía de la racionalidad durante la vigencia del paradigma de la modernidad afirma la preponderancia de lo político (entendiendo lo político como aplicación de la razón humana en la forma de organización social). La razón por delante de la realidad, incluso la razón desafiando a la realidad. Es decir, la política construyendo la realidad.
La expresión política del Estado-Nación, institución creada por la modernidad, se encuentra por sobre los otros factores de poder, el Capital y el Trabajo, los domina y los dirige. Es la Política, son las ideas, es la razón, lo que rige al mundo moderno.
¿Pero cuándo fue que este sólido andamiaje cultural destinado a darle sentido final a la Historia humana comienza a dar signos de debilidad? ¿Cuándo la crisis del paradigma comienza a manifestarse?
La modernidad cultural comenzará a mostrar signos de agotamiento en la primera parte del siglo XX, aún en los momentos en que se seguía construyendo su edificio social.
Será a partir de acontecimientos trascendentales del siglo XX, como las carnicerías de la Primera Guerra Mundial, la brutal crisis económica de 1930, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto judío, la detonación de la Bomba Atómica, todos hechos que llevaron a comenzar a poner en cuestionamiento el destino de progreso que prometía la modernidad.
Comienza a considerarse que el principio de la Razón moderna que venía a sustituir al mito se terminó convirtiendo en un mero instrumento perdiendo las virtudes trascedentes de la propuesta original y sirviendo a su utilización para objetivos menores relacionados con el control social o el mercado. La Razón y la fe en el Progreso, pilares del proyecto moderno, fueron puestos en cuestionamiento al punto de afectar a otra columna vertebral de lo racional: la propia ciencia y su pretensión de Verdad.
La ciencia física clásica consideraba la materia como impenetrable, el significado de la misma palabra átomo lo demuestra, la materia indivisible, hasta que a comienzos del siglo XX se descubre que eso que se consideraba sólido no era más que energía, el átomo no era una cosa en su sentido material, sino un conjunto de fuerzas. La solidez propia de la modernidad se sacude, todo era proceso y movimiento.
El tiempo, constante, permanente, cuantificable, surgido de los análisis de Newton, científico moderno, será demolido conceptualmente a comienzos del siglo XX por un nuevo físico, Albert Einstein, que demuestra la relatividad del tiempo y, de nuevo, el protagonismo de la energía. Las ideas modernas de Verdad, Unidad y Absoluto se debilitan detrás del crecimiento de lo relativo.
Las ciencias físicas también cuestionan la búsqueda de un orden racional definitivo pasando al desarrollo de nuevas teorías, como la Teoría del Caos o la Teoría de la Incertidumbre. Allí donde la modernidad buscaba verdades últimas, la nueva ciencia sólo ofrece posibilidades.
Ya no hay una realidad única, fija y cognoscible, solo hay realidades individuales, el mundo deja de verse como un conjunto de verdades y pasa a verse como un ramillete de opciones y posibilidades en permanente cambio.
Las soluciones colectivas comienzan a perder confianza en las sólidas construcciones ideológicas que prometieron el acceso a un mundo de felicidad, igualdad y paz.
A partir de entonces el Hombre moderno comienza a recluirse en un mayor individualismo, y se produce un lento proceso de reindividualización y descolectivización. El mundo comienza a proponer soluciones biográficas a lo que son problemáticas sistémicos.
Todos los problemas parecen anclar en las particularidades de cada individuo sin importar su condición, aún cuando esa condición fuera lo social o lo económico. Cada persona pasa a ser responsable de su suerte, la reindividualización de la unidad colectiva de la modernidad pasa a ser el sello del nuevo tiempo.
Las sólidas ideologías de la modernidad estallan en un abanico de pensamientos pequeños y transitorios, muchos juegos del lenguaje describiendo realidades temporales sustituyendo los grandes relatos de sentido de la modernidad.
Se desmorona el orden racional ante el avance de la espontaneidad del deseo, se
desvanece la idea de progreso como herramienta para construir el futuro, un futuro que se vuelve amenazante y oscuro y se va disolviendo frente a la cada vez más imponente presencia del presente. El futuro se convierte en una gran desilusión y el pasado en una profunda frustración, ya que como sostiene el historiador Jacques Revel, al no proyectarnos hacia el futuro el pasado se vuelve opaco, difícil de descubrir.
Así, derribadas las columnas de la Razón y del Progreso, se cierran los caminos de la modernidad.
Caída la razón se entroniza el Deseo, disuelto el Progreso se impone el Presente.
El viejo paradigma cultural de la modernidad se queda pues sin su soporte cultural y el nuevo paradigma se afinca en un nuevo sustrato cultural, la posmodernidad, como bautizó Jean Francois Lyotard a esta nueva cultura, o bien la hipermodernidad, como prefiere llamarla Gilles Lipovetsky.
TRABAJO PRÁCTICO Nº 1
LA DECADENCIA DEL PARADIGMA DEL SIGLO XX
Leer el material bibliográfico al menos dos veces. Extraer las palabras que desconozcas y buscarlas en el diccionario. Luego responder a la siguiente grilla de preguntas, interpretando, investigando y utilizando tus propias palabras :
1. Un elemento central que caracterizó a la Cultura de la Modernidad ha sido el Progreso. Explicá cómo se relacionaba este valor positivo del Progreso con la idea de Futuro y de Presente.
2. Otro elemento central que caracterizó a la Cultura de la Modernidad ha sido la Razón. Explicá cómo impacta el predominio de la Razón en la idea de Verdad.
3. ¿Qué forma de comportamiento social se deriva durante la Modernidad en la llamada Sociedad Disciplinaria? Preguntá a tus padres y abuelos que era eso de cumplir con normas estrictas y trascribi sus respuestas .
4. ¿Qué sucesos hacen que se comience a dudar del modelo cultural moderno basado en la Razón y el Progreso avanzado el siglo XX?
5. Explicá qué sucedió en la década de 1970 para poner en crisis al modelo económico industrial.
6. ¿De qué manera se vincula el fenómeno de la Deuda Externa con la crisis económica de 1973? ¿En Argentina tuvo impacto?
7. ¿Qué rol cumplía el Estado de Bienestar en aquella época?
8. ¿Por qué una vez desatada la crisis económica de 1973 el objetivo del poder económico será debilitar el poder del Estado?
9.¿Por qué la liberación de los mercados financieros y comerciales genera un golpe a las industrias nacionales?
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